Me miro las manos. Una sonrisa. Le pego un sorbo al vaso. Soy otra vez el chaval de los remolinos en el pelo deseoso de cariño. Vuelvo a mirármelas y percibo esta vez la tristeza. Heridas de guerra. En mi muñeca izquierda llevo puesto el reloj de pulsera que una vez me regaló mi padre. Un reloj con la correa de piel y la esfera de color blanco, sin números, que antes fue suyo. Sus agujas se clavan en mi memoria. Duele. Se trata de un sentir amargo que transmite honestidad y certeza. Son ahora, exactamente, las ocho y media.